Parte 1 A las 5:06 de la madrugada, Esteban golpeó a su esposa embarazada frente a toda su familia, y lo más atroz fue que ninguno intentó detenerlo. Mariana Salgado tenía 6 meses de embarazo y llevaba 2 semanas bajo indicación médica de reposo. Había sufrido sangrado, contracciones prematuras y una caída de presión que podía poner en peligro a su hija. Esteban conocía cada advertencia de la ginecóloga, pero aquella mañana entró al dormitorio, arrancó las cobijas y encendió la luz. —Levántate. Mis padres quieren desayunar. Mariana se sostuvo el vientre mientras intentaba incorporarse. —La doctora dijo que no debo permanecer mucho tiempo de pie. —Mi madre también tuvo hijos y nunca convirtió el embarazo en una enfermedad. Desde hacía 4 meses, Beatriz y Rogelio, los padres de Esteban, vivían con ellos en una casa de la colonia La Paz, en Puebla. Supuestamente sería temporal, mientras Rogelio resolvía las deudas de su taller de muebles. Sin embargo, pronto se apropiaron de la cocina, del dinero y hasta de las decisiones del matrimonio. Karla, la hermana menor de Esteban, también se instaló allí y pasaba los días grabando videos para sus seguidores. Cuando Mariana bajó, encontró a los 3 sentados alrededor de la mesa. —Queremos chilaquiles, huevos, frijoles y café de olla —ordenó Beatriz—. Y apúrate, porque tu marido tiene que trabajar. —Mírala cómo camina —se burló Karla mientras la grababa—. Parece que es la primera mujer embarazada del mundo. Mariana abrió el refrigerador. El olor de la salsa y la grasa que quedaba en el sartén le revolvió el estómago. Trató de sujetarse de la barra, pero una contracción le atravesó el abdomen y cayó de rodillas. Rogelio ni siquiera dejó su taza. —Otra vez con su espectáculo. Esteban la tomó del brazo y trató de levantarla. Cuando Mariana gritó de dolor, él la soltó con desprecio. Después tomó el grueso palo de madera que usaban para asegurar la puerta trasera. —Te pedí el desayuno, no una función de teatro. —Por favor, Esteban… la niña… El golpe cayó sobre su muslo. Mariana se encogió para protegerse el vientre. Karla retrocedió únicamente para conservar el encuadre, mientras Beatriz soltaba una carcajada. —Así aprenderá a obedecer —dijo la suegra—. Desde que quedó embarazada cree que puede mandar en esta casa. Mariana comprendió entonces que nadie iba a ayudarla. No era una discusión que se hubiera salido de control. Los 4 habían aceptado que su dolor era parte del entretenimiento familiar. Al caer, había visto su teléfono debajo de una silla. Se arrastró unos centímetros mientras Esteban discutía con su padre. La pantalla estaba rota de una esquina, pero todavía respondía. Abrió la conversación con Diego, su hermano mayor, un exinfante de Marina que vivía a menos de 12 minutos. Solo alcanzó a escribir: —Ayúdame. Casa. Esteban descubrió el resplandor de la pantalla y le arrebató el aparato. —¿Le escribiste a tu hermano? Lo estrelló contra la pared y después tiró a Mariana del cabello. —Aquí nadie va a salvarte. Karla rio, aunque su teléfono continuaba grabando. Beatriz cerró las cortinas y Rogelio aseguró la puerta principal. Mariana empezó a perder el conocimiento. Lo último que sintió fue un movimiento débil dentro de su vientre. Se aferró a él como a una promesa. Entonces se escucharon motores, frenos y 3 golpes que hicieron temblar la puerta. —¡Mariana! —rugió una voz desde la calle—. ¡Abre la puerta! Era Diego. Beatriz apartó apenas la cortina. Su sonrisa desapareció al mirar afuera, porque el hermano de Mariana no había llegado solo. Detrás de él, varias luces rojas y azules iluminaban la fachada, mientras en la pantalla de Karla seguía apareciendo una palabra que nadie había notado: “Transmitiendo”.