—¿Qué fue eso? —soltó Adrián con furia—. ¿Te volviste loca?

Valeria guardó el teléfono.

—No.

Lo miró de una manera que hizo que el hombre tensara la mandíbula.

—Solo me cansé.

Graciela se adelantó.

—¿Te cansaste? Tú no estarías en esta casa sin mi hijo.

Valeria sostuvo su mirada.

—Eso está por verse.

No dijo nada más.

Salió con la maleta, cruzó el jardín delantero y subió al coche que la esperaba en la entrada: un vehículo negro enviado por Federico Salas. No había sido casualidad. El abogado había insistido durante semanas en verla, pero Adrián siempre había encontrado la manera de retrasar o controlar cualquier reunión.

Aquella noche ya no podía hacerlo.

Veinte minutos después, en la oficina privada de Federico, Valeria estaba sentada frente a un escritorio repleto de carpetas notariales.

Federico era un hombre de poco más de cincuenta años, pulcro, directo y visiblemente incómodo consigo mismo.

—Debí insistir antes —dijo.

Valeria lo miró con cansancio.

—Empiece por decirme por qué acaba de escribir que la mansión es mía.

El abogado abrió una carpeta con sello notarial.

—Porque lo es.

Valeria no respondió.

Federico empujó hacia ella la primera escritura.

—Su tía Elena compró esa propiedad hace nueve años con fondos propios y la colocó en un fideicomiso.

—Eso ya lo sabía.

—Lo que no sabía es que, seis meses antes de morir, modificó el fideicomiso.

Valeria sintió un vuelco en el pecho.

—¿A favor de quién?

Federico la miró fijamente.

—A favor suyo.

La habitación quedó en silencio.

—No.

—Sí.

Le mostró la última página.

Allí estaba la firma de Elena, clara y firme. También la cláusula definitiva:

La propiedad principal conocida como Mansión Montero pasará íntegramente a Valeria Solís al momento de mi fallecimiento. Ningún cónyuge presente o futuro, ni familia política, adquirirá derecho alguno sobre la misma.

Valeria se quedó helada.

Todo encajó demasiado rápido.

Las prisas de Adrián por hacerla firmar documentos.

Las supuestas “deudas” de mantenimiento.

Las humillaciones destinadas a desgastarla.

La insistencia de Graciela en recordarle que “vivía de la generosidad” de ellos.

—Entonces… ellos lo sabían.

Federico no respondió enseguida.

Eso le bastó.

—Lo sabían.

—Sospecho que sí.

—¿Desde cuándo?

El abogado abrió otra carpeta.

—Desde hace al menos cuatro meses. Tengo correos donde Adrián pregunta por los requisitos para “administrar” una propiedad del cónyuge en caso de inestabilidad emocional.

Valeria levantó la vista de golpe.

—¿Inestabilidad emocional?

—Intentaba construir una base legal para controlarla si usted se negaba a firmar.