Valeria cerró los ojos un segundo.

Federico tomó la memoria USB y la conectó al portátil.

Había videos.

En el primero, de una cámara oculta del propio despacho, se veía a Adrián hablando con Graciela dos meses antes.

La calidad era impecable.

—Hay que cansarla —decía él—. Si sigue creyendo que manda algo, no va a firmar nunca.

Graciela respondía con frialdad:

—Humíllala. Hazla sentir que sin ti no vale nada. Las mujeres como ella primero lloran, luego obedecen.

Valeria no apartó la mirada.

En otro archivo, Adrián se reía mientras hojeaba papeles notariales.

—Cuando la mansión esté a mi nombre, la mando al departamento pequeño y se terminó la actuación.

Graciela soltaba una risa baja.

—Con suerte, para entonces ya ni tendrá energía para discutir.

Federico detuvo el video.

La sala quedó en silencio.

El perito notarial levantó la vista.

—Esto es devastador.

Valeria asintió muy despacio.

No lloraba.

Ya no.

Abrió el grabador.

La voz de Elena llenó el despacho.

—Hoy escuché a Adrián decirle a su madre que “una firma vale más que un matrimonio”. Si algo me pasa o si Valeria alguna vez parece atrapada, deseo que esto se use para protegerla.

Valeria apretó el borde del escritorio con fuerza.

Había más: correos impresos, intentos de simulación de deuda, consultas jurídicas sobre incapacidad del cónyuge, borradores de un poder general que nunca llegó a firmarse y un contrato de compraventa preliminar con una empresa inmobiliaria interesada en comprar la mansión a precio urgente.

—Necesitaban cerrar rápido —dijo Federico.

—Porque no tienen liquidez —añadió Rosa desde la puerta.

Todos la miraron.

Rosa bajó la voz.

—Ayer oí a la señora Graciela decir que si la venta se caía, el banco los iba a hundir.

Federico intercambió una mirada con Valeria.

Aquello cambiaba el juego.

No solo querían la casa.

La necesitaban desesperadamente.

Valeria guardó la carta de Elena y miró otra vez el video congelado de Adrián.

—Ya sé por qué tenían tanta prisa.

Federico comenzó a recoger evidencia.

—Con esto podemos demandar, pedir desalojo y denunciar intento de fraude.

Valeria se volvió hacia el ventanal.

Desde allí se veía el jardín, impecable, artificialmente perfecto.

—No todavía.

—¿Cómo que no todavía?

—Quiero que hablen.

—Ya tenemos pruebas.

—Quiero que se hundan con su propia voz.

Federico la observó unos segundos.

Entonces entendió.

—Va a volver a negociar.

Valeria lo miró con una calma nueva.

—No.

Hizo una pausa.

—Voy a volver a mandar.

En ese momento el teléfono de Rosa vibró.

Lo miró y palideció.