A las siete de la mañana, recibió una llamada.
Era Rosa, una empleada antigua de la mansión.
Su voz sonaba nerviosa.
—Señora Valeria.
Valeria frunció el ceño. Nadie del personal la llamaba “señora” dentro de la casa. Allí la hacían sentir todo lo contrario.
—Rosa, ¿qué ocurre?
—No puedo hablar mucho. El señor Adrián entró al despacho azul anoche.
Valeria se puso rígida.
—¿Está seguro?
—Sí. Lo vi con la señora Graciela. Salieron con cajas, pero no se llevaron todo.
—¿Por qué me llama?
Hubo un silencio breve.
—Porque la señora Elena siempre fue buena conmigo. Y porque ayer escuché al señor Adrián decir que, si usted seguía rebelde, la próxima vez no iba a irse con una maleta, sino con un médico.
Valeria apretó el teléfono.
—Gracias.
—Tenga cuidado. Hoy el señor Adrián salió, pero la señora Graciela está en casa.
Valeria miró la llave sobre la mesa.
—¿La puerta del ala este sigue cerrada?
—Sí. Pero usted conoce la entrada por la galería de invierno.
Sí, la conocía.
Elena se la había enseñado años atrás, cuando la mansión todavía era un lugar luminoso y no una trampa pulida.
Una hora después, Valeria entró por la galería lateral acompañada por Federico y por un perito notarial discreto que debía certificar cualquier hallazgo relevante. Rosa les abrió sin hacer ruido.
El despacho azul estaba al final del corredor este.
La puerta principal tenía señales de haber sido forzada desde dentro hacía poco, pero la llave de Elena abrió la cerradura inferior, la más antigua.
Al entrar, Valeria sintió el perfume leve del incienso que su tía solía encender.
Todo estaba desordenado.
Cajones abiertos.
Papeles arrancados.
Un cuadro torcido.
Federico recorrió el lugar con la mirada.
—Buscaron algo concreto.
Valeria caminó directamente hacia el gabinete empotrado detrás de la biblioteca. Recordaba dónde presionar la madera.
El panel se movió.
La llave encajó.
Al abrir, apareció una caja de documentos, una memoria USB y un pequeño grabador.
La primera carpeta contenía copias certificadas de la titularidad de la mansión y una carta de Elena.
Valeria la leyó en silencio.
Si estás leyendo esto, significa que Adrián y su madre ya dejaron de fingir. Nunca confié en ese matrimonio. No porque dudara de ti, sino porque aprendí demasiado tarde que el afecto de ciertas personas siempre viene acompañado de cálculo. Observé a Adrián desde el principio. No se enamoró de ti. Se enamoró de esta casa.